IV
"MQ Quiroga"
"MQ Quiroga, eso decía" Sonrío para mí, una sonrisa a mitad de camino entre la certeza del que presiente que el recuerdo enterrado ha visto la luz años después de estar oculto detrás de frágiles mamparas, y el escepticismo del descreído, convencido de estar aceptando una carta falsa en una partida de naipes. ¿Le estaría jugando su mente un sutil engaño, ofreciéndole un 13 de copas inverosímil? No lo creo, pero me dispongo a ahondar aún más en aquellas aguas estancas, seguro que, al agitar su superficie, alguna certidumbre ahogada vendrá a mi encuentro....
Al ingresar a la zona de mausoleos, un escalofrío arcaico recorre mi espalda: un cubo de hielo caído de algún vaso invisible, recorriendo mi cuerpo bajo la remera. Instintivamente me sacudo, como un perro mojado, y la sensación cesa abruptamente. No era aquella la primera vez que había recorrido aquellos sombríos (aunque el sol brillase en el cielo diáfano) y sinuosos pasillos, mas nunca antes había tenido esta sensación. Miro en derredor: una sucesión de puertas angostas y grisáceas, algunas faltantes, dientes ausentes en boca septuagenaria. Gárgolas y santos variopintos observan desde lo alto, una muda tribuna asistiendo al espectáculo de un niño que avanza cauto hacia la arena, gladiador de pantalones cortos y un alfiler como espada. Apuro el paso. Rítmicamente abro y cierro el puño sobre el alfiler; días después descubriré que lo he hecho con mucha fuerza, la huella en la palma de mi mano será un recordatorio de aquella tarde durante semanas. Observo el cielo distraídamente, captando de reojo las blancas y desvaídas volutas de humo que se desprenden de la chimenea del crematorio: que modo apropiado de acercar los muertos al cielo, pienso, mientras rodeo un grupo de personas que oran por el reposo eterno de un anónimo difunto.
Voy dejando atrás el área de mausoleos; sus últimas húmedas bóvedas comienzan a difuminarse a mis espaldas. Mi percepción del entorno es ínfima, como la de un piloto de carreras lanzado en velocidad al final de la recta principal. Sólo tengo ojos para el lugar adonde me dirijo: un lúgubre galpón en los lindes del cementerio, donde se depositan los restos de aquellos incapaces de seguir solventando el gasto de su última morada. Había descubierto el lugar en una de mis primeras excursiones, y el poder allí encerrado me había parecido sobrecogedor, una opresiva atmósfera que me había abrumado con intensidad. Al llegar a la entreabierta puerta noto que, de modo casi imperceptible, el alfiler enclaustrado en mi mano se revolvía y agitaba, cual brújula arribada al polo norte. Miro por última vez alrededor, como quien emprende un largo viaje y se despide de sus pagos, y cruzo el umbral, sin saber que vendrá a mi encuentro, pero presintiendo que será una marca indeleble en el orillo de mi espíritu.
No recuerdo haber empujado la puerta para que se cerrase, no obstante así lo hizo, y el crujir de la madera me sobresaltó, así como el hedor allí presente: una singular mezcla entre el desinfectante aplicado en el piso, y el penetrante olor de la cal con que se recubrían los huesos. El lugar estaba en penumbras; a medida que mis ojos se acostumbran a ella, comienzo a distinguir aquellas cajas que tanto habían solicitado mi atención la primera vez que las había visto: no más grandes que un cajón de manzanas, de gastada madera nacarada unos, los más de simple madera de pino mal estacionada, con un pequeño lienzo a modo de tapa y la inscripción MQ Quiroga en el frente. El temblor del alfiler se había acentuado, ahora puedo sentirlo brincando inquieto en mi palma, un pulso metálico irregular. El clamor contenido comienza a elevar progresivamente sus decibeles; No logro comprender aún (como tampoco pude hacerlo la primera vez que casualmente llevé a aquel lugar un alfiler) la relación entre ambas agitaciones, mas sé que allí hay algún nexo poderoso que me permitirá descubrir lo que sea que deba ser descubierto. Me acerco lentamente a la primer caja a mi derecha, retiro parsimoniosamente el lienzo y me asomo a su interior: el pálido brillo de una calavera pequeña se destaca entre restos de tierra enmohecida. La observo detenidamente, y me sorprendo de que no me produzca miedo, más bien siento una especie de temor atávico, que no me impide tocarla, pero con el respeto que se le dispensaría por ejemplo a un libro sagrado. Abro despaciosamente el puño, seguro que el alfiler volará por el aire como un minúsculo cohete lunar; permanece inmóvil, produciéndome una pequeña frustración. Tomo su pequeña cabeza plástica y me apresto a comenzar el ritual: no sabía quién me lo había enseñado, ni cual sería el resultante que me indicaría que estaba teniendo efecto, no obstante, estaba muy seguro que aquel era el modo para acallar el murmullo ininteligible que trepana mi cabeza. Tomándolo lo más firmemente que me lo permite mi trémulo pulso, comienzo a golpear rítmicamente la calavera en la sien. Tic tic tic. Un pájaro carpintero metálico, intentando horadar un árbol óseo. Tic tic tic. Después de cada golpeteo acerco el oído a la osamenta, intentado captar cualquier susurro o vibración, algún pensamiento que haya quedado atrapado en aquellas blancas cárceles; es en vano, el gemido que oigo en mi cabeza aún es indescifrable. Comienzo a recorrer la hilera de urnas, deteniéndome en cada una y repitiendo el procedimiento meticulosamente. Mi desánimo crece un poco cada vez, calaveras amarillas, pardas, pequeñas y grandes, un muestrario de ellas pasan por mi taladro sin lograr el tan ansiado mensaje. Termino la fila de la derecha. Frustrado, volteo y me dispongo a encarar la hilera central cuando siento un extraño vuelco en mi corazón: mis ojos se posan sobre una caja distinta a las demás. Finamente ornamentada (aunque propiedad de MQ Quiroga también), parece ser de caoba o alguna madera especial y, aunque se la ve antiquísima, está en perfecto estado de conservación. El alfiler también parece haberse percatado de su presencia: de repente aparenta emanar un cierto calor, un cosquilleo eléctrico que pasa a mi mano, produciéndome una nauseabunda sensación. Me acerco con pies de plomo, con deseos de huir, pero imposibilitado de hacerlo. Levanto el fieltro protector y atisbo....
Lejos estaba en ese entonces de aprehender el concepto de Dejà vu, mas, de haberlo conocido, hubiese percibido que estaba viviendo uno justo en ese momento. Sabiendo que es lo que sucedería a continuación, no encuentro el modo de detenerme: una vez más (la última, presentía) comienzo el ritual. Tic tic tic. El alfiler parece haber adquirido autonomía, un suave resplandor emana de el, mientras horada una y otra vez aquella simiesca calavera. Tic tic tic. No quiero acercar el oído después de cada redoble, mas me es imposible no hacerlo. Nada sucede. Tic tic tic, una y otra vez, cada vez a un ritmo más frenético. Tic tic tic. De pronto, lo que debía suceder acontece: el silencio invade mi cabeza. Tan abstraído me encontraba, que no había notado que las voces habían subido su volumen, solo me percato de ello al acabarse aquel griterío milenario. Aterrado, acerco mi cabeza una vez más........es entonces cuando la frase resplandece en mi cabeza, un cartel luminoso en una noche oscura, faro de mar recién encendido. Abro mis ojos hasta sentirme capaz de captar cada minúsculo pliegue de hueso. El alfiler vibra y se desprende de mis pequeños dedos, flotando cual pluma perdida, hasta posarse en la boca entreabierta. Siento un calor húmedo comenzar a desprenderse de mi entrepierna. Súbitamente, la boca se cierra sobre la roja cabeza del alfiler, como un niño goloso sobre una cereza azucarada. Un hálito inmemorial sale de aquella boca, y vuelve a arrojar el alfiler sobre mi palma. Estúpidamente, lo contemplo un momento, mientras aquella sonrisa dantesca penetra muy profundo en mis retinas....Es entonces cuando corro. Corro como aquél que no desea perder el último servicio de tren, corro como un río irrefrenable después de haber roto el dique que intenta sosegarlo, corro más rápido que el viento que presagia el huracán, el mismo huracán que asola mi mente y amenaza con volar los tejados de mi raciocinio…Corro con la esperanza de sacarle un cuerpo de distancia a la locura que se acerca rauda a mi encuentro, corro abandonando la bicicleta que me observa estática con sus rojos ojos de gato, corro abandonando también gran parte de mi inocencia en esa carrera....
una marca indeleble en el orillo de mi espíritu!! bien lo describe usted, con esa magia... un relato impecable!!!
ResponderEliminarno abandone jamás su Don, sería como si dejáse de respirar, o peor aun, sería quitarnos el aire violentamente a quienes nos colmamos con sus brisas y huracanes...
aurora.
QUIERO MAS
ResponderEliminarAurora:
ResponderEliminarNo sé si es un don, o una doña (:-D)...en este acto prometo solemnemente no abandonarlo, intentando practicarlo asiduamente, solo por el hecho de saber que existe gente como usted a la que le agradan mis intentos de escritura......MUCHAS GRACIAS!!!!
Anónimo: Muchas gracias por su visita, y por el pedido!! Me encantaría conocer su identidad, y lo espero de vuelta por estos pagos!
En estos días sin vos, amigo mío,
ResponderEliminarpensaba distraída,
(sin saber conscientemente
cómo me haces falta)
en que mi atención
en las cosas vulgares
me distraían
de lo realmente valioso;
mi atención se quedaba
prendida, seducida
para desentenderse,
para solamente no pensar
en que era en verdad,
una atención desatendida...
atraída en lo irrelevantemente irreal,
en lo ficticio, en el artificial
método de mezclar palabras dichas
para no caer en la cuenta
de la gravedad de una realidad vivida:
la presencia de tu silencio involuntario...
la atención atraída
como la tinta al papel,
como la canción a la musa,
como el verbo a la acción,
como la música a las notas,
como tu voz a la melodía,
y como mis días a tu ausencia...
de esta manera caigo ahora en la silenciosa verdad de las palabras escritas...
allaviuuuuuuuuuuuuuuuuu!!!!!
Querido:
ResponderEliminarQuisiera compartir con vos esta nota. Nota que me parece muy bella y que merece su aparición en un espacio idem.
Aquí va:
"No nos da risa el amor cuando llega a lo más hondo de su
viaje,
a lo más alto de su vuelo: en lo más hondo, en lo más alto,
nos
arranca gemidos y quejidos, voces de dolor, aunque sea
jubiloso
dolor, lo que pensándolo bien nada tiene de raro, porque
nacer
es una alegría que duele. Pequeña muerte, llaman en
Francia a la
culminación del abrazo, que rompiéndonos nos junta y
perdiéndonos
nos encuentra y acabándonos nos empieza. Pequeña
muerte, la llaman;
pero grande , muy grande ha de ser, si matándonos nos
nace.
Eduardo Galeano. "La pequeña muerte".
Excelsa cita de Eduardo Galeano! Muchas gracias por compartirla en este espacio, quienquiera que seas! Te espero nuevamente!
ResponderEliminarCuánto recurso! Ambientes muy atractivos y precisos en una historia... abierta? Felicitaciones!! María (Cuaderno de una escritora).
ResponderEliminarPD: te espero por allí también, por supuesto!!
Muchas gracias María!!! Es reconfortante saber que alguien lee del otro lado...y aún más saber que al otro le agrada je!! Un beso grande....y pronto prometo subirme al "colectivo" de vuelta!
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