jueves, 4 de junio de 2009

Memorias de un Alfiler Mellado (III)

III

Me recordaba llegando presuroso a la necrópolis, lagrimones secándose en mis mejillas, las pequeñas manos aún vibrando por el traqueteo de la calle. El sereno del lugar me miraba indiferente: habíase acostumbrado a mi rutinaria presencia, a mi rutinaria agitación, y a mi rutinaria excusa de “vengo a hablar con mi abuelo”; ya ni se molestaba en preguntar cuánto tiempo permanecería en el lugar. Se limitaba a observarme perplejo, mientras yo aseguraba la bicicleta a un escuálido tilo, y a hurtadillas miraba alrededor, seguro de que alguien fisgoneaba la combinación del añejo candado numérico, que resistía ajado el maltrato del tiempo.
Una vez desmontado, efectivamente me dirigía al sepulcro de mi abuelo: lápida sencilla en la tierra, cruz de mármol desteñido, artificiales flores en una rebanada botella plástica. Me detenía ante ella poco tiempo: sólo el suficiente para sosegar mi corazón trémulo y permitirme captar por el rabillo del ojo el movimiento de la gente alrededor; generalmente no mucha, evidentemente a esas horas no solo los cuerpos allí yacentes eran los que reposaban. Mi mano izquierda jugueteaba distraídamente con el alfiler; unas veces lo apretaba hasta nevar mis nudillos, otras, lo llevaba mecánicamente desde el meñique hasta el índice por sobre las falanges, realizando una minúscula acrobacia dentro del bolsillo estirado. Era entonces cuando comenzaba a sentir la familiar vaguedad en la mirada, como un espejismo de calor que se desperezaba sobre mi conciencia: No recordaba cuándo había sido la primera vez que había sentido aquella irrealidad posarse sobre mí, aún menos el motivo por el cual había estado en el cementerio; no me importaba, es más, creo que en realidad no quería saberlo…..sólo sentía que algo allí que me invitaba, imperativamente, a descubrirlo: un escalofrío sin edad, un susurro inmemorial que deseaba que yo lo escuchara. Muchos habían sido ya las tardes en que había concurrido a aquel lugar, con la certeza de que sería el día de la gran revelación: no obstante, sólo lograba oír un murmullo ininteligible. Mas estas dos semanas habían sido distintas: como un explorador avezado contemplando el cielo encapotado, que vislumbra fugaz una estrella que lo orienta, había tenido un fuerte presentimiento: creía haber hallado el modo de escuchar el mensaje, de encontrar mi propio norte en aquel lugar desconocido. El alfiler detuvo repentinamente su letanía acrobática: era hora de ponerse en marcha.

3 comentarios:

  1. puertas a la calidez, es leer las memorias a orillas del Mar Gen; colores ocres, perfume de bizcochuelo, esa ternura puede recrearse en palabras a través de la imaginación, pero no con hidalguía si no hay detrás de la pluma, un alma que la haya atravesado, sugerido, o entregado.felicitaciones.
    espero. pies en el agua.
    aurora.

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  2. Uno insiste en plagiar por lo menos algo de lo que fué cuando era niño con resultados parciales. ¿Es acaso posible volver a esos silencios? A través de estas palabras conmigo lo haz logrado. Gracias.

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  3. Aurora:
    Presencia habitual (agradecido desde ya!) en estas páginas, nunca dejas de sorprenderme con tus escritos, un sentir fememino que aporta una mirada espontánea y cálida, generalmente inasible para un hombre. Muchas gracias!!

    Soviet:
    La capacidad de generar una reacción en la perceptibilidad de una persona mediante palabras, acceder a su memoria emotiva y despertarla de un sopapo enfadado por su somnoliencia, es un privilegio reservado a unos pocos...si pude acercarme mínimamente a ello, me doy más que por satisfecho, aunque más no sea por la experiencia de intentarlo!

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