jueves, 25 de junio de 2009

Anhelo Matutino

Somnolienta almohada que reposa en una mullida cabeza,

con una pereza que despereza placeres adormecidos,

diafragma que se abre para dejar escapar un resoplido de belleza,

me levanto luego de caerme en abismos entumecidos.

Abro los ojos, cerrada la mirada, entreabierta la vista.

Una liturgia desmañada que evitaría embelesado

para sumergirme plenamente arrobado

en otro insondable océano de sueños...

martes, 16 de junio de 2009

Memorias de un Alfiler Mellado V

V

Una vez más, trato de recordar cómo se había iniciado aquel pasatiempo (concurrir al cementerio), mas el esfuerzo es en vano. Hoy, reciclando la vieja Singer, pretendiendo transformarla en un mueble contemporáneo, encuentro aquel viejo alfiler mellado Intento hacerlo girar entre mis dedos como solía hacerlo antaño, pero mis manos actuales desbaratan el castillo y muestran sus trampas ocultas cual prestidigitador barato. Lo sopeso, pasándolo lenta pero meticulosamente de palma en palma.Su familiar tacto me retrotrae indefectiblemente a mi niñez, a esas tardes tibias y dulces como la leche con miel preparada por aquella anciana voluntariosa que me cuidaba. Observo el alfiler con atención, intentando captar cualquier ínfimo detalle que hubiese pasado por alto: su parte metálica se veía ligeramente herrumbrada, pero todavía se mantenía erecta, un pequeño mástil aguardando una bandera para ondear. En la cabeza del alfiler es en donde repetidamente poso mis ojos, la melladura atrae mi atención como una hoja en blanco a una pluma repleta de tinta.La bolilla semeja una manzana mordisqueada por un niño ansioso. En mi cabeza rebota un pensamiento que horas más tarde ha de tomar consistencia, y del cual brotan dudas sugerentes: nunca había tenido una remera roja; jamás hubiese adquirido un auto colorado; ni por asomo volví a ver a ninguna mujer que en su primera cita conmigo se hubiera presentado vestida de rojo...¿El suceso de aquella tarde perdida en el tiempo había generado en mí una inconsciente aversión hacia este color? Era muy probable. Acerco mis manos entrelazadas a mi cabeza y coloco la oreja entre los pulgares, como si quisiese escuchar el mar, tal cual me había enseñado de niño mi padre. Presto atención. Nada. Solo un pitido agudo proveniente de la casa vecina, entre mis manos, solo el silencio absoluto. "También....¿Qué pretendía escuchar? ¿La Sinfónica de Londres?" pienso y río para mí, sarcástico, aunque también aliviado en cierta medida de no haber oído sonido alguno. De algún modo también me siento decepcionado, así que decido hacer un último intento. Respiro profundo, ahueco una vez más las manos sobre el alfiler y comienzo a sacudirlo entre las palmas, concentrándome profundo en tratar de aprehender aquel suceso lejano, como quien se prepara para arrojar las monedas del I Ching en busca de una imagen reveladora. Luego de agitarlo un buen rato, decido que ya es suficiente: acerco una vez más las manos a mi oreja derecha, y me dispongo a escuchar la nada absoluta nuevamente...es entonces cuando sucede lo impensado (aunque en algún lugar muy profundo dentro mío, hay un niño que asiente como diciendo "sí vos sabías......"), primero un sutil ardor que comienzo a sentir en la palma, un pequeño estremecimiento de los nervios, que brota del pequeño nido que forman mis manos entrelazadas y comienza a propagarse raudo por el resto del cuerpo; mis oídos captan, primero casi imperceptible, luego in crescendo, un murmullo de palabras arremolinadas, una ligera brisa que de golpe se transforma en vendaval, y me arroja al oído dos palabras…..”ESTAS VIVO”……solo dos palabras, que penetran en mi mente y destellan como un volcán en erupción, solo dos palabras en un crepitante susurro que parecen increpar a mi vitalidad, enrostrándole su vigor…

No me percato de tener los ojos firmemente cerrados hasta que concluye aquella pequeña tormenta…cuando los abro, noto dos cosas que me sobresaltan: por un lado, me encuentro casi en el patio de la casa y está atardeciendo, cuando al comenzar aquel fenómeno a escala estaba trabajando en la habitación principal de la casa y el sol brillaba alto en el cielo (Por Dios….¿Cómo podía haber sucedido aquello?) ; por otro lado, noto que de mis manos caen pequeñas gotas de sangre…Siento temor de abrirlas. “Que ridículo”, me digo, tratando de sonreír, sin lograrlo. Me siento, inspiro profundamente y desenlazo los dedos, predispuesto a descubrir cualquier cosa en mis palmas……No hay nada en ellas. Las contemplo absorto. Las gotas se secan lentamente, no obstante no logro descubrir de donde es que ha manado la sangre, no hay en ellas ningún corte….ni tampoco ningún alfiler. Busco afanosamente en los alrededores, voy una y otra vez por el trayecto recorrido sin conciencia aparente, obsesionado con encontrar aquella diminuta prueba del sismo acontecido en mi existencia...mas es inútil. No volveré a ver aquel alfiler en mi vida. Sin embargo, en la palma de mi mano vuelve a aparecer, como una cicatriz mal curada, la marca que alguna vez tuve de niño. Insoslayable, me acompañará por el resto de mis días…y cada vez que la desazón me envuelva, o que la desesperanza me agobie por algún motivo, la contemplaré durante un rato…..y ese “estás vivo” volverá a retumbar en mis sienes, pronunciado por una voz sin edad y sin tono, como un recordatorio de que a veces la vida se encuentra presente aún en las cosas más minúsculas, quizás hasta en un insignificante alfiler mellado…


martes, 9 de junio de 2009

Memorias de un Alfiler Mellado IV

IV

"MQ Quiroga"
"MQ Quiroga, eso decía" Sonrío para mí, una sonrisa a mitad de camino entre la certeza del que presiente que el recuerdo enterrado ha visto la luz años después de estar oculto detrás de frágiles mamparas, y el escepticismo del descreído, convencido de estar aceptando una carta falsa en una partida de naipes. ¿Le estaría jugando su mente un sutil engaño, ofreciéndole un 13 de copas inverosímil? No lo creo, pero me dispongo a ahondar aún más en aquellas aguas estancas, seguro que, al agitar su superficie, alguna certidumbre ahogada vendrá a mi encuentro....

Al ingresar a la zona de mausoleos, un escalofrío arcaico recorre mi espalda: un cubo de hielo caído de algún vaso invisible, recorriendo mi cuerpo bajo la remera. Instintivamente me sacudo, como un perro mojado, y la sensación cesa abruptamente. No era aquella la primera vez que había recorrido aquellos sombríos (aunque el sol brillase en el cielo diáfano) y sinuosos pasillos, mas nunca antes había tenido esta sensación. Miro en derredor: una sucesión de puertas angostas y grisáceas, algunas faltantes, dientes ausentes en boca septuagenaria. Gárgolas y santos variopintos observan desde lo alto, una muda tribuna asistiendo al espectáculo de un niño que avanza cauto hacia la arena, gladiador de pantalones cortos y un alfiler como espada. Apuro el paso. Rítmicamente abro y cierro el puño sobre el alfiler; días después descubriré que lo he hecho con mucha fuerza, la huella en la palma de mi mano será un recordatorio de aquella tarde durante semanas. Observo el cielo distraídamente, captando de reojo las blancas y desvaídas volutas de humo que se desprenden de la chimenea del crematorio: que modo apropiado de acercar los muertos al cielo, pienso, mientras rodeo un grupo de personas que oran por el reposo eterno de un anónimo difunto.

Voy dejando atrás el área de mausoleos; sus últimas húmedas bóvedas comienzan a difuminarse a mis espaldas. Mi percepción del entorno es ínfima, como la de un piloto de carreras lanzado en velocidad al final de la recta principal. Sólo tengo ojos para el lugar adonde me dirijo: un lúgubre galpón en los lindes del cementerio, donde se depositan los restos de aquellos incapaces de seguir solventando el gasto de su última morada. Había descubierto el lugar en una de mis primeras excursiones, y el poder allí encerrado me había parecido sobrecogedor, una opresiva atmósfera que me había abrumado con intensidad. Al llegar a la entreabierta puerta noto que, de modo casi imperceptible, el alfiler enclaustrado en mi mano se revolvía y agitaba, cual brújula arribada al polo norte. Miro por última vez alrededor, como quien emprende un largo viaje y se despide de sus pagos, y cruzo el umbral, sin saber que vendrá a mi encuentro, pero presintiendo que será una marca indeleble en el orillo de mi espíritu.

No recuerdo haber empujado la puerta para que se cerrase, no obstante así lo hizo, y el crujir de la madera me sobresaltó, así como el hedor allí presente: una singular mezcla entre el desinfectante aplicado en el piso, y el penetrante olor de la cal con que se recubrían los huesos. El lugar estaba en penumbras; a medida que mis ojos se acostumbran a ella, comienzo a distinguir aquellas cajas que tanto habían solicitado mi atención la primera vez que las había visto: no más grandes que un cajón de manzanas, de gastada madera nacarada unos, los más de simple madera de pino mal estacionada, con un pequeño lienzo a modo de tapa y la inscripción MQ Quiroga en el frente. El temblor del alfiler se había acentuado, ahora puedo sentirlo brincando inquieto en mi palma, un pulso metálico irregular. El clamor contenido comienza a elevar progresivamente sus decibeles; No logro comprender aún (como tampoco pude hacerlo la primera vez que casualmente llevé a aquel lugar un alfiler) la relación entre ambas agitaciones, mas sé que allí hay algún nexo poderoso que me permitirá descubrir lo que sea que deba ser descubierto. Me acerco lentamente a la primer caja a mi derecha, retiro parsimoniosamente el lienzo y me asomo a su interior: el pálido brillo de una calavera pequeña se destaca entre restos de tierra enmohecida. La observo detenidamente, y me sorprendo de que no me produzca miedo, más bien siento una especie de temor atávico, que no me impide tocarla, pero con el respeto que se le dispensaría por ejemplo a un libro sagrado. Abro despaciosamente el puño, seguro que el alfiler volará por el aire como un minúsculo cohete lunar; permanece inmóvil, produciéndome una pequeña frustración. Tomo su pequeña cabeza plástica y me apresto a comenzar el ritual: no sabía quién me lo había enseñado, ni cual sería el resultante que me indicaría que estaba teniendo efecto, no obstante, estaba muy seguro que aquel era el modo para acallar el murmullo ininteligible que trepana mi cabeza. Tomándolo lo más firmemente que me lo permite mi trémulo pulso, comienzo a golpear rítmicamente la calavera en la sien. Tic tic tic. Un pájaro carpintero metálico, intentando horadar un árbol óseo. Tic tic tic. Después de cada golpeteo acerco el oído a la osamenta, intentado captar cualquier susurro o vibración, algún pensamiento que haya quedado atrapado en aquellas blancas cárceles; es en vano, el gemido que oigo en mi cabeza aún es indescifrable. Comienzo a recorrer la hilera de urnas, deteniéndome en cada una y repitiendo el procedimiento meticulosamente. Mi desánimo crece un poco cada vez, calaveras amarillas, pardas, pequeñas y grandes, un muestrario de ellas pasan por mi taladro sin lograr el tan ansiado mensaje. Termino la fila de la derecha. Frustrado, volteo y me dispongo a encarar la hilera central cuando siento un extraño vuelco en mi corazón: mis ojos se posan sobre una caja distinta a las demás. Finamente ornamentada (aunque propiedad de MQ Quiroga también), parece ser de caoba o alguna madera especial y, aunque se la ve antiquísima, está en perfecto estado de conservación. El alfiler también parece haberse percatado de su presencia: de repente aparenta emanar un cierto calor, un cosquilleo eléctrico que pasa a mi mano, produciéndome una nauseabunda sensación. Me acerco con pies de plomo, con deseos de huir, pero imposibilitado de hacerlo. Levanto el fieltro protector y atisbo....

Lejos estaba en ese entonces de aprehender el concepto de Dejà vu, mas, de haberlo conocido, hubiese percibido que estaba viviendo uno justo en ese momento. Sabiendo que es lo que sucedería a continuación, no encuentro el modo de detenerme: una vez más (la última, presentía) comienzo el ritual. Tic tic tic. El alfiler parece haber adquirido autonomía, un suave resplandor emana de el, mientras horada una y otra vez aquella simiesca calavera. Tic tic tic. No quiero acercar el oído después de cada redoble, mas me es imposible no hacerlo. Nada sucede. Tic tic tic, una y otra vez, cada vez a un ritmo más frenético. Tic tic tic. De pronto, lo que debía suceder acontece: el silencio invade mi cabeza. Tan abstraído me encontraba, que no había notado que las voces habían subido su volumen, solo me percato de ello al acabarse aquel griterío milenario. Aterrado, acerco mi cabeza una vez más........es entonces cuando la frase resplandece en mi cabeza, un cartel luminoso en una noche oscura, faro de mar recién encendido. Abro mis ojos hasta sentirme capaz de captar cada minúsculo pliegue de hueso. El alfiler vibra y se desprende de mis pequeños dedos, flotando cual pluma perdida, hasta posarse en la boca entreabierta. Siento un calor húmedo comenzar a desprenderse de mi entrepierna. Súbitamente, la boca se cierra sobre la roja cabeza del alfiler, como un niño goloso sobre una cereza azucarada. Un hálito inmemorial sale de aquella boca, y vuelve a arrojar el alfiler sobre mi palma. Estúpidamente, lo contemplo un momento, mientras aquella sonrisa dantesca penetra muy profundo en mis retinas....Es entonces cuando corro. Corro como aquél que no desea perder el último servicio de tren, corro como un río irrefrenable después de haber roto el dique que intenta sosegarlo, corro más rápido que el viento que presagia el huracán, el mismo huracán que asola mi mente y amenaza con volar los tejados de mi raciocinio…Corro con la esperanza de sacarle un cuerpo de distancia a la locura que se acerca rauda a mi encuentro, corro abandonando la bicicleta que me observa estática con sus rojos ojos de gato, corro abandonando también gran parte de mi inocencia en esa carrera....

jueves, 4 de junio de 2009

Memorias de un Alfiler Mellado (III)

III

Me recordaba llegando presuroso a la necrópolis, lagrimones secándose en mis mejillas, las pequeñas manos aún vibrando por el traqueteo de la calle. El sereno del lugar me miraba indiferente: habíase acostumbrado a mi rutinaria presencia, a mi rutinaria agitación, y a mi rutinaria excusa de “vengo a hablar con mi abuelo”; ya ni se molestaba en preguntar cuánto tiempo permanecería en el lugar. Se limitaba a observarme perplejo, mientras yo aseguraba la bicicleta a un escuálido tilo, y a hurtadillas miraba alrededor, seguro de que alguien fisgoneaba la combinación del añejo candado numérico, que resistía ajado el maltrato del tiempo.
Una vez desmontado, efectivamente me dirigía al sepulcro de mi abuelo: lápida sencilla en la tierra, cruz de mármol desteñido, artificiales flores en una rebanada botella plástica. Me detenía ante ella poco tiempo: sólo el suficiente para sosegar mi corazón trémulo y permitirme captar por el rabillo del ojo el movimiento de la gente alrededor; generalmente no mucha, evidentemente a esas horas no solo los cuerpos allí yacentes eran los que reposaban. Mi mano izquierda jugueteaba distraídamente con el alfiler; unas veces lo apretaba hasta nevar mis nudillos, otras, lo llevaba mecánicamente desde el meñique hasta el índice por sobre las falanges, realizando una minúscula acrobacia dentro del bolsillo estirado. Era entonces cuando comenzaba a sentir la familiar vaguedad en la mirada, como un espejismo de calor que se desperezaba sobre mi conciencia: No recordaba cuándo había sido la primera vez que había sentido aquella irrealidad posarse sobre mí, aún menos el motivo por el cual había estado en el cementerio; no me importaba, es más, creo que en realidad no quería saberlo…..sólo sentía que algo allí que me invitaba, imperativamente, a descubrirlo: un escalofrío sin edad, un susurro inmemorial que deseaba que yo lo escuchara. Muchos habían sido ya las tardes en que había concurrido a aquel lugar, con la certeza de que sería el día de la gran revelación: no obstante, sólo lograba oír un murmullo ininteligible. Mas estas dos semanas habían sido distintas: como un explorador avezado contemplando el cielo encapotado, que vislumbra fugaz una estrella que lo orienta, había tenido un fuerte presentimiento: creía haber hallado el modo de escuchar el mensaje, de encontrar mi propio norte en aquel lugar desconocido. El alfiler detuvo repentinamente su letanía acrobática: era hora de ponerse en marcha.

miércoles, 3 de junio de 2009

Tsunami Soul

Registra, diplomático, el apartamento
desvaído, ocioso, de su garganta emana un lamento
que purifica, como el santo sacramento,
que lesiona, como a un frágil ligamento.

Temeroso de mojarse los pies en el presente
nada plácido en la orilla de sus recuerdos,
jugando a marco polo con sombras,
apenas percibe el susurrar del viento.
Mas cuando una ola traicionera lo derriba,

y a su psique desecha llegan los restos
del naufragio espantoso en que se ha sumergido,
su mente aterida se da cuenta,
que una vez más la batalla ha perdido.

Y una vez más registra, diplomático, el apartamento,
buscando el zapato derecho, el perdido,
y se zambulle presuroso en la calle,
temiendo ser alcanzado, maltrecho,
otra vez por la gran ola, el olvido.

martes, 2 de junio de 2009

Memorias de un Alfiler Mellado ( I y II )

Incursiono en un territorio poco conocido para mí, el de la narrativa...Espero sepan disculpar mis torpezas de novato, cualquier sugerencia y/o crítica serán muy bienvenidas!
Saludos, Dax.


I

Recuerdo haber sido un niño solitario, que insumía sus tardes, durante un año ya muy lejano, pedaleando en una vetusta bicicleta, casi siempre desinflada, que servía entonces de transporte al grupo familiar. No era un pasatiempo común el que tenía en ese entonces: no asistía a ningún club deportivo, no existía una colonia de vacaciones para él, nunca un metegol concurrido había sido su destino final en aquellos vespertinos paseos. No. Nada de eso. Aquel niño que recuerdo haber sido montaba su rodado y, sudando copioso en verano o con los dedos tintos en invierno, se preparaba para recorrer los dos kilómetros que lo separaban del cementerio local, su sitio de esparcimiento.

II

Cumplía un rito inexorable antes de emprender aquellas aventuras: aprovechando la siesta de la anciana que lo cuidaba por las tardes, se deslizaba sigiloso hasta su costurero, donde un veterano porta alfileres aún se mantenía erguido, antiguo erizo metálico que se resistía a ser jubilado dentro la Singer herrumbrada en el patio. Una vez que lograba despejar el erizo de hilos varios y trozos de elásticos gastados, lo colocaba sobre la mesa y comenzaba a contemplar minuciosamente sus alfileres espinas, deteniéndose casi de modo obsesivo en sus cabezas: quien se hubiese encargado de realizar las compras hogareñas, había conseguido unos singulares modelos, que en sus extremos ostentaban una pequeña gota de plástico coloreado, símil gota de ámbar artificial que en su interior guardaba como un secreto la empañadura de aquella minúscula daga. No elegía al azar, sistemáticamente antes de cada escapada elegía un color distinto: rojo-azul-amarillo-verde. Siempre la misma secuencia. Nunca en otro orden.Una vez elegido su eventual acompañante, guardaba el erizo tan silenciosamente como le era posible, y, cual anuncio de hervor, escapaba rápido y sibilante.

Pintura del Dolor (Pain-Paint)

Pinto apurado tu cuadro del dolor,
trazos gruesos, oscuros y ofuscados,
como los racimos de nervios rebelados,
que a tu vehemente paso inclemente,
vas sin rastro de culpa sublevando.

Utilizo mi fino pincel detallista,
para dar aquel tenue tinte surrealista,
gotas sanguíneas, como de golpe contra arista,
en esencia tu ser, exclamación vanguardista.

Te dejo escapar por la paleta de colores,
expiando penurias, flaquezas, la suma de todos tus dolores.
Vagando por las tonalidades, con opción a redimirte,
hasta encallar, velero sin timonel, en el negro más triste.

Termino de pintar tu cuadro…y el blanco del lienzo
que aguarda su turno, expectante, es una acusación sin voz,
un regaño contenido, una súplica no pronunciada…


Desenfundo, prístinos, nuevos pinceles,
Que utilizo presto, como un escultor sus cinceles.
Y sanando ya tus llagas, y rosadas aún tus cicatrices,
me apresto para otra obra, a mi alcance todos los matices...

Aliento

Últimos hálitos vespertinos expele triste el subterráneo de Buenos Aires.
Inhala personas, ideas, sentimientos,
exhala trabajadores, entes anónimos con boletos de $1,10.
Esa tarde la respiración (que arde) se entrecorta: accidente en Diagonal Norte.
Los señaleros trabajan a destajo, observa la manada con ojos vidriosos.
Mientras, un desconocido, ansioso de ser notado, nunca más anotado,
es retirado de debajo de la formación.
Como un repentino acceso de tos, la impia maquinaria vuelve a trocarse en móvil, arrojando un nuevo vaho de desesperanza sobre la ciudad vedada...